'Enámorate' decían.
'Será bonito' decían.
'Enámorate de un escritor, o de un poeta, y no morirás nunca' decían. Y que ironía, si cada vez que él escribía, yo moría.
Un trocito de mi abandonaba mi cuerpo y empezaba a formar parte de él.
Cada vez más. Cada día era más suya que mía. Y él cada día escribía con más ansía.
Y con la misma ansia que escribía. hacía el amor.
Sí, 'hacer el amor' , que bonita expresión, porque no es 'hacer el odio' ni 'hacer la risa', el 'hacer el amor'. Con cariño, con pasión, lento, rápido, como quieras, pero siempre con amor.
Y él siempre mostraba amor.
Él hacía el amor, y escribía mientras tanto.
Escribía en mi cuerpo.
Escribía en mis lunares, en mis curvas, en mi.
Y que bonito era.
Y más bonito aún era verle escribir. Ver como se rompía mientras lo hacía.
Ver como cada parte de mi, que pasaba a formar parte de él, sustituía un trocito despedazado de su corazón.
Porque tenía un corazón triste (bueno, que esperaba, era poeta...) , pero a la vez se hacía notar.
A la vez, se hacía sentir.
Como cuando yo sentía sus brazos rodeandome y me sentía segura. Y deseaba quedarme así siempre.
Siempre... que bonita palabra y que irónica, porque todo lo que queremos que dure siempre, acaba.
Tarde o temprano, acaba.
Como el amor de aquel poeta que escribía cada noche.
Sobre mi.
O eso creía yo.
O eso me gustaba creer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario